Felicitación Navideña

Si el invierno aprieta, mejor lo pasamos abrazados.

Si el invierno aprieta, mejor lo pasamos abrazados.

 

Como niños en sus cartas a los Reyes Magos

hacemos promesas imposibles de cumplir

el pavo también las hizo y ahora está lleno de ajos.

Vapor y humo que nos empujan a subir. Comida para los dioses.
Cada año la misma huída

Cada año la misma huída

He comprado una linterna. Tinta 13×20

agujeros en lo oscuro

agujeros en lo oscuro

He comprado una linterna

y el tendero estaba seguro

que sólo alumbra gente feliz

pero cuando abrí la poterna

en la calle  todo seguía oscuro.

Ahora sólo me fío de mi nariz.

 

La realidad. Tinta 13×20

¡Tío! ¡Lo has clavado!

¡Tío! ¡Lo has clavado!

Ayer, paseando por el barrio, me crucé con dos ancianos que iban de la mano. Se miraban como se miraban hace años, como ella casi ya no recuerda ¡maldita cabeza! y él se mueve más con la imaginación que con el tacataca humillante que le impone su nuera. Pero son los que antaño fueron, es más, se recuerdan como siempre han sido y serán. No como las patéticas caricaturas que los espejos, de siempre falsos, muestran.

Se miran, sonríen y muy callado para no levantar escándalo se van al rincón que el pasado ofrece a los pecios tercos que aún se empeñan en flotar sobre las mareas. La familia vuelve la cabeza con pudor ante estos desvaríos desafinados ¡Pobres papás! ¿quienes se creen? Ellos se aceptan pero los demás no: raza ajena al hogar que levantó.

No se creen; se saben. Saben quiénes fueron, procuran no pensar en qué pararán e intentan seguir siendo lo posible,

La opinión del respetable, a callar y a ofrecer tabaco.

Por fin Amanece. Tinta 13×20 + iPhone4

¡Lo que cuesta que amanezca!

¡Lo que cuesta que amanezca!

Edelmiro, el barrendero de mi barrio se demora contemplando el amanecer. Queda tarea si quiere que la acera esté presentable antes de que los transeúntes salgan desbocados de sus guaridas hacia sus cuchitriles y lo echen todo a perder. Pero aún tiene algo de tiempo. Un reflejo en el horizonte le indica que la luz está a punto de asomar. Una estela de avión se ruboriza ante la mirada atónita del funcionario encargado de dar brillo al pavimento.

Como todas las mañanas que recuerda, el espectáculo le deja atónito. –Y encima me pagan por trabajar aquí…¡pero si esto es precioso! –Comenta. –Cada amanecer es más bonito que el anterior y todos me causan el estupor que produce el ser testigo de una ocasión única y fundamental. Se enciende la luz y todo cobra vida por primera y última vez. Como todas las mañanas y como ninguna.

Mientras se va aclarando el horizonte, la naturaleza gorjea perezosa desde los jardines y los obreros más madrugadores se afanan por llegar a su lugar. Los ruidos de la mañana van cobrando fuerza y un leve aroma a café se extiende desde bares escondidos.

Nuestro personaje lentamente guarda sus bártulos en el carrito y lo empuja con parsimonia calle abajo sin poder disimular la sonrisa tonta que se le ha puesto. Como todas las mañanas desde que tiene memoria. –Tendría que pagar yo por trabajar aquí, sin duda. –Dice entre dientes.

En las instalaciones municipales deja sus enseres y cambia el mono de trabajo por unas ropas discretas pero pulcras para luego diluirse entre la muchedumbre que asalta el autobús.

El Sol procura apresurar un primer rayo que le acaricie la espalda a su amigo Edelmiro, de los pocos que honra su nacimiento entre toda la gente que obstinada fija sus ojos en el limpio suelo.

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En las nubes. Tinta 13×20

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Las nubes se mueven indefensas al capricho del viento mientras que nosotros paseamos desatentos a su mudo espectáculo.
Sólo en un determinado momento los niños, que siempre andan atentos a las cosas importantes de la vida, advierten que una nube se harta. Se rebela y toma una forma concreta.
Un perro, un dragón, un conejo o una ballena; depende del humor de la díscola nube.
Como todas las cosas de este mundo en el que vivimos, sólo cuando ellas adquieren un nombre, cobran existencia y por un instante el cielo se anima y se puebla de formas vivas. Por el contrario, es sabido, las cosas que carecen de nombre no existen ni existieron jamás. Por eso el Bautismo es un Sacramento Universal.
Cuando al cabo de un tiempo el viento pone orden en el cielo, los transeúntes tornan a sus asuntos, los mayores chistan a los niños y les reprenden por no seguir el paso y éstos desilusionados, con esa desilusión premonitoria de lo por llegar, apresuran sus pasitos para acompasarse al ritmo de los adultos.
El cielo se vacía, el barrendero borra los charcos con la escoba y aquí no ha pasado nada.
Sólo una nube especialmente rebelde aguarda una ocasión propicia para mostrarse en su esplendor a los niños que acierten a pasar mañana.
Desgraciadamente no espera a ningún adulto, esos ya hace tiempo que dejaron de atender a las cosas importantes.

Cebras rayadas. Tinta 13×20

Tinta 13x20

Caramba… ¡me he mareado!

La manada se confunde, los individuos se pierden en un vórtice. Las cebras de rayas blancas y negras miran de soslayo a las negras con rayas blancas. Desconfían de las modas. Todas distintas, todas iguales todas son otra a nuestros ojos planos. Ellas distinguen cada sinfonía de líneas y se regalan fresco heno.

El león acecha pero los ojos le hacen chiribitas. Prefiere echarse otro rato a ver si se le pasa el mareo.

Yo monto mi cebra. Para todos ustedes mi cebra es igual que cualquier otra cebra. Pero no es igual. Es mi cebra. La dejo ir donde quiere y leo en su lomo las curvas del tiempo. Ella me deja porque no peso demasiado. Cuando se junta con su manada oigo  cómo se intercambian las líneas de su pelaje y se completa su melodía.

A veces, mi cebra trota hacia otra manada de cebras y aprende nuevas canciones. Y la nueva manada intercambia las aprendidas. Así el ecumen de las cebras espera aprender el todo. Mientras rumian con aparente descuido.

Mientras tanto la manada gira con sus rayas revoloteando bajo un cielo en perpetuo cambio.