Helena de Troya

¡Arde Troya!

¡Arde Troya!

El rostro que arrojó al mar mil barcos, perdición de ciudades y ocaso de príncipes, se oculta del sol bajo las almohadas. Helena duerme su siesta.

Ocho largos años de guerra sin fruto, los barcos quedaron arrumbados. Ríos de sangre manan las orillas, tierra empapada para una nueva cosecha. Los peones bregan al pie de las murallas para que los príncipes paseen sus trofeos tras duelos formidables. Los poetas quedan afónicos ante tal despliegue de gallardía y agotan sus instrumentos en hexámetros que miden la eternidad.

Pero abajo, muy abajo; fuera de la mirada del rapsoda, la vida y la muerte se confunden en una danza desgarrada. Los alaridos se pueden oler y la sangre rompe los oídos todo es obsceno y el hombre se confunde con la bestia. Para asesinar a un semejante hay que abandonar la condición y descender a la bestia del interior. La batalla arrebata el alma antes que la espada.

Los de a pié no entendemos de poesía. Somos la poesía. Helena el rostro que botó mil barcos, ¡basta de quimeras! Las caras de nuestras mujeres, hijos y madres hacen palpitar nuestros barcos y ahora se vuelven borrosos. Helena…esa fulana.

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4 comentarios en “Helena de Troya

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